| Cuando iba al instituto me leyeron el futuro. No pagué a nadie por hacerlo. Conocí mi destino, de sopetón, en la cocina de mi tía. Estaba allí porque mis primas vivían en el octavo y yo en el noveno y nos pasábamos la vida subiendo y bajando aquella escalera como si nuestros pisos fuesen un dúplex improvisado en el edificio. Una tarde, mi prima mayor trajo a la que se convertiría en su confidente y amiga para siempre, una chica de la zona alta de Barcelona, con pendientes de perlas y buen pelo, con la que estudiaba Humanidades. Yo todavía no sabía que aquella futura profesora de Primaria tenía el don vislumbrar el porvenir de todos los demás y de hablar con los muertos. Fue conocerme, clavar sus ojos negros sobre mí y empezar a narrar mi existencia, como si las páginas de mi diario hubiesen quedado al descubierto, desnudándome ante mis primas y hermana en aquel cuarto. No procede contar las predicciones que hizo sobre mi vida, pero muchas se cumplieron y todavía me pregunto si pasó porque así tenía que ser o por puro condicionamiento. Lo que sí sé es que aquel episodio me dejó tal poso interior como para que todas las veces que la he vuelto a ver, cuando me clava esa misma mirada en la que intuyo me está leyendo entera por dentro, siempre repita: "M., te veo venir. Prefiero no saber". Hay muchísimas cosas que los humanos no queremos saber. Cuando James Watson, uno de los descubridores de la estructura del ADN, estudió su propia secuencia genética solo tuvo una petición: nadie podría compartir con él la información de sus resultados con la apolipoproteína E (APOE), el gen más común asociado con la enfermedad de Alzheimer. De eso había muerto su abuela. No quería saber. Cuando se reunificó Alemania y se abrieron los documentos de los 174.000 ciudadanos de la RDA que ejercieron de "colaboradores informales" de la Stasi espiando a sus vecinos, conocidos y familiares durante una Guerra Fría en la que se arrestaron a 224.000 traicionados, muchos optaron por no ir corriendo a leer sus archivos. Preferían no saber. Tanto Watson como aquellos alemanes o yo con M. practicamos lo que en antropología se conoce como "ignorancia deliberada", un fenómeno por el que elegimos voluntariamente no buscar o usar la información que puede estar a nuestro alcance. El concepto lo ha investigado a fondo Ralph Hertwig, un psicólogo del Instituto Max Planck para el desarrollo humano que estudió las decisiones de aquellos que no quisieron saber sobre sus espías en Alemania. Hertwig también coedita el reciente Deliberate Ignorance: Choosing Not to Know (MIT Press, 2021), un ensayo coral donde más de medio centenar de científicos, antropólogos y sociólogos investigan y analizan por qué, en algunos momentos, no queremos saber ciertas cosas. Como por qué evitamos la información médica que pondría en jaque nuestra autonomía como personas, solo nos informamos por las fuentes que son acordes a nuestra forma de ver el mundo o queremos ignorar si nuestra pareja piensa en ponernos los cuernos. Más allá de los lugares comunes habituales, el tomo también investiga cómo el poder utiliza esa ignorancia deliberada a su favor para mantener el statu quo: como cuando los salarios no se discuten abiertamente entre los trabajadores de las empresas para evitar rebeliones o cuando se evaden responsabilidades y se crean estructuras para que estrategias como el "No me consta" que tanto popularizó Rajoy no sean punibles frente a la justicia. No siempre tiene que ser negativo. Las mujeres nos podemos beneficiar de ese desconocimiento: como las audiciones a ciegas de orquestas –se colocan pantallas para que los reclutadores no vean a los instrumentalistas– que han supuesto un 30% de aumento en la contratación femenina. "No hay una respuesta hecha a medida a la pregunta de cuándo la ignorancia deliberada es beneficiosa, racional o éticamente apropiada", explican en el texto, "cada decisión debe ser evaluada en su condición". Sin resolver el misterio de si es bueno o no el hecho de no querer saber cosas, con los años he ido alargando mi lista de cosas que prefiero ignorar. No quiero saber qué pasa en los stories –no es por desidia o superioridad moral, es porque en mi cabeza siempre salgo perdiendo cuando me comparo con las vidas de los demás–, no quiero saber las kilocalorías exactas que me llevo a la boca, no quiero saber qué pasa en mis menciones cuando un tuit se descontrola ideológicamente –toda la calle para la reina o rey que se inventó el botón de silenciar– y no es que no quiera saber, pero sí he acabado desconfiando a mi pesar de aquello que tanto hacíamos antes y tan bien nos salía: no quiero saber de hacer planes. Y no hablo de grandes metas, me refiero a proyectos pequeños (que son los más gratificantes): ir a ver un estreno con amigas, comer en grupo, fantasear con algún viaje. Tantas veces se han caído en estos dos últimos años que ya estoy cansada de agarrarme al optimismo trágico como mecanismo de supervivencia. Prefiero tirar como se pueda cada mañana. Prefiero no saber. Un podcast sobre qué ignoramos para enamorarnos Qué he consumido estas dos semanas: En la redacción de S Moda nos hemos obsesionado con: Si te han enviado esto y quieres recibir más ensayos y recomendaciones sobre cultura, feminismo e intimidad cada dos jueves, puedes apuntarte a esta newsletter aquí. También puedes escribirme con comentarios, apuntes o sugerencias a nramirez@smoda.es |