| A veces ni lo piensas, pero en cada mudanza, abandonas una parte de quien fuiste entre esas paredes. Recuerdo que a los pocos años de independizarme, mi padre me preguntó sin venir a cuento qué me había pasado con Isabel Allende o Lucía Etxebarría. No entendí por qué lo decía. "Te marchaste y solo dejaste a esas dos escritoras en tus estanterías". No le di vueltas en su día, pero ahora entiendo esa ruptura torpe y de falsa superioridad moral con quienes definieron mi adolescencia. Allende me desgarró con Paula y releí varias veces La casa de los espíritus. De Etxebarría —con la que con el tiempo no he podido más que disentir horrorizada por su deriva transodiante y reaccionaria—, sigo pudiendo recitar de memoria el inicio de Beatriz y los cuerpos celestes. Aquel "no intentes enterrar el dolor: se extenderá a través de la tierra, bajo tus pies; se filtrará en el agua que hayas de beber y te envenenará la sangre", era mi dedicatoria favorita de cuando en las agendas del instituto nos poníamos intensas. Ellas me transformaron, pero ahí las dejé, huérfanas y cogiendo polvo como a esos peluches gastados de tanto abrazarlos, como si el yo que pretendía proyectar ante los demás [hombres] se avergonzara de lo que significaban. Pensé en esos libros, en lo que se deja atrás y en lo que decides atesorar mientras leía el ensayo Razones por las que conservo la camiseta de dormir de mi ex. Un texto íntimo de Monmita Chakrabarti en la newsletter de Roxane Gay sobre por qué se siente tan cálido ese acto que nos aniña, volviéndonos "delicadas y pequeñas". "La he lavado tantas veces que ya no huele a él. Cuando he tenido un día difícil, me doy una ducha larga, me unto con la loción que huele mejor y dejo que la camiseta me trague", escribe en su primer motivo. Hay ocho más. Como el haber sido incapaz de vestirla mientras salían juntos y sufría por él o por qué pese al acto infantil de dormir con ella siente que merece "algo a lo que aferrarme, que me recuerde que alguien me amará de nuevo, porque cuando amas a alguien, te entregas y dejas que te arrebaten". Como de mi última ruptura me fui de casa corriendo ligera como quien sale despavorida de un incendio; como de ahí apenas conservo algún objeto, pregunté a mis amigas sobre sus propias razones para ponerse esa prenda y soñar con ella puesta. Una casada me reconoció que en el confinamiento más severo no dejó de ponerse la camiseta del colegio de su novio de adolescencia tardía. "Me daba buenas sensaciones frente al contador de muertos. Me la sigo poniendo porque me transporta a las personas que fuimos y ya no seremos". Otra que lleva cinco años con su última pareja me dijo que tiene una balda específica en su armario para su novio anterior y se las pone especialmente cuando el de ahora sale de viaje. "Sobre todo para andar por casa y también tengo 3 o 4 que uso para la calle porque son mis preferidas". Ponérselas es sentir un abrazo: "Es lo mismo que si me pongo un pantalón de pijama de mi padre. Me evoca ternura y recogimiento". Una tercera que no acabó tan bien con su ex me dijo que solo guarda una, está en casa de sus padres, pero es justo la que se pone para dormir cuando les visita. "Era del negocio que teníamos juntas. Me hace mucha gracia cuando me la pongo porque es cero cómoda y me recuerda por qué la dejé". En "Mi vida como heredera", mi ensayo favorito en No me acuerdo de nada (Libros del Asteroide, 2022), Nora Ephron tiene una frase genial que no va sobre los objetos que arrebatamos, sino sobre los que dejamos conscientemente atrás en las rupturas. Ahí recuerda un candelabro antiguo y bañado en oro que sus tíos le regalaron cuando se casó por primera vez. A su tío Hal le obsesionaba que en su divorcio ella no se lo quedara, así que arrastró ese candelabro por sus siguientes casas, también en la que compartió con su segundo marido, Carl Bernstein. Allí se quedó tras el divorcio y los cuernos de los que todo Washington habló. Siempre se preguntó qué habría sido de él. "Cuando alguien se divorcia y no se queda con la casa (yo nunca me quedé con ella), deja atrás muchas cosas, sin pensar si en algún día se acordará de ellas, pensará que ojalá las hubiera conservado o, lo peor de todo, sentirá una sincera nostalgia". Yo, que ni tengo candelabro ni camiseta para dormir —todavía me duele una pareja de cuadros de Sol Calero que abandoné al irme—, también he sufrido ese calambre de añoranza. Así que intento que dure poco y sea corto, no vaya a ser que acabe diagnosticada de síndrome de miembro fantasma. Qué he consumido estas dos semanas: En S Moda nos hemos obsesionado con: Si te han enviado esto y quieres recibir más ensayos y recomendaciones sobre cultura, feminismo e intimidad cada dos jueves, puedes apuntarte a esta newsletter aquí. También puedes escribirme con comentarios, apuntes o sugerencias a nramirez@elpais.es o escribirme vía Twitter, donde paso más tiempo del que me gustaría |